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Para el recién nacido la necesidad de ser acogido con amor resulta ser vital. Para esto la naturaleza prepara tanto la madre como a su hijo con un complejo sistema de hormonas que los lleva a querer estar cerca y en contacto piel con piel. Pero eso sólo no basta. Se necesita una relación cotidiana, en que día a día la madre va aprendiendo a reconocer las señales de su hijo y en que el hijo o hija empieza a reconocer por su olor, voz y cara a quien lo calma, lo alimenta y lo reconforta cada vez que lo necesita.

Así se va formando el apego entre madre e hijo. La madre libera hormonas que la calman, le dan deseos de estar tranquila y le facilitan el establecimiento de rutinas que favorecen el estar en casa y atender cada llamado de atención de su hijo. Al mismo tiempo ambos, tanto la madre mientras amamanta, como el hijo al ser amamantado, producen hormonas que los llevan a sentirse gratamente cómodos en esa intimidad, a relajarse y disfrutar de esa cercanía.
De aquí surge la necesidad del postnatal, ofreciendo un tiempo crucial a la madre junto a su hijo, a fin de no perturbar la formación de esta relación vincular tan necesaria para la salud afectiva del hijo y la formación de un sentido profundo de maternidad y responsabilidad en la madre.
Otro aspecto esencial en esta construcción de vínculo, es el entorno que rodea a la díada. Se requiere de un ambiente de afecto y cariño que acoja a esta madre, para darle la seguridad en el despliegue de sus afectos. Este es brindado generalmente por la familia que la rodea y el padre de su hijo, cuando es figura de apoyo.

Frente a esto hacemos un llamado de atención respecto a la embarazada adolescente, cuya vivencia de maternidad se desarrolla muchas veces carente del apoyo y contención por parte de su familia, aislada de su grupo de pares a causa de la interrupción de sus estudios y atemorizada ante la idea de cuidar de un hijo. ¿Qué respuesta damos como sociedad a esta vida que se inicia en condiciones tan desfavorables?

En nuestra experiencia de 12 años de acompañamiento a jovenes madres en su proceso de maternidad, constatamos con admiración, la gran capacidad afectiva y el compromiso en la crianza de sus hijos especialmente en los primeros meses de vida. Sin embargo vemos también cómo con el paso del tiempo se vuelve mucho más vulnerable su realidad y la de su hijo o hija, ya sea por la fragilidad de las redes de apoyo familiares y sociales, por la precariedad económica, la ausencia afectiva y material del padre entre otras y es así como se genera una falta de equidad y oportunidades desde los inicios de la vida para una gran cantidad de niños y niñas en nuestro país.

Esta es una realidad que no está atendida en la dimensión que lo requiere. En Chile es necesario profundizar e invertir en la protección de la infancia desde los inicios de la vida y por lo tanto, en la educación a la maternidad y paternidad, si queremos una sociedad más sana y justa para las próximas generaciones.

Erika Kopplin.
Psicóloga Coordinadora Area Psicosocial
Programa Emprende mamá

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